Cuentos: El Club de los Solitarios.

Soledad, asesinatos, terapia y soledad. De un recorrido mental y testimonial nos habla Milton Leiva en el siguiente cuento.

El Club de los solitarios

Por: Milton Leiva.

Podrá parecer un poco extraño, pero lo que me pasó es la pura y santa verdad…, o por lo menos mi verdad. Por ahora, confío en que usted me pueda servir de testigo.

Todo comenzó con el síndrome de soledad que solía tener. Cada día me resultaba más difícil tolerar el hecho de estar totalmente solo en este lugar. Toda mi gente, mis nostalgias, mi historia colectiva estaban en otro lugar, del cual no haré referencia, pues, los recuerdos son vagos pero las sensaciones intensas, y a veces duelen. Duelen al punto de querer volver, lo que angustia claro, y fácilmente uno se desespera. Extrañar a la familia que ya no estaba se transformo en pan de cada día, y cada día era menos parte de este lugar, me sentía arrancado, arrebatado abortado de los míos…desarraigado. Ese desarraigo se transformó en envidia, sí, envidia a quienes estaban con su gente, envidia a los que amaban, a los que reían, envidia a los quienes se abrazaban, envidia a quienes tenían un helado en la mano y podían mirar a los ojos a quien se los había invitado y decirle gracias, envidia a quienes estaban con sus seres queridos.

Todas las noches hacía un esfuerzo por soñar con mi gente, pero me era imposible. Juro que me desvelé tratando de dormir pensando en mis amigos, mis parientes. Pero no pude lograrlo ni una sola vez. Tal vez eso me hubiese salvado, tal vez, eso habría evitado que tenga esta carga en la conciencia y deba estar descargando con usted. Discúlpeme si peco de desconsiderado por ni siquiera preguntarle si desea cargar conmigo este peso, o como diría un cristiano: esta cruz. Pero, al fin y al cabo todos, de una u otra forma, cargamos cruces que no nos corresponden.

En fin, yo sólo quería llegar a casa y gritar desde la puerta “¡Llegué!”, para luego sentarme a cenar, pero en silencio, porque están viendo las noticias, los comentarios durante los comerciales. Pero, saber que estás acompañado no da tiempo para sentirse solo. Fue por eso y nada mas que por eso que hice lo que hice. Para saber que había mas gente sintiendo como yo. Eso me aliviaba. Saber que había otras personas añorando, queriendo poder estar acompañados de la persona que aman, de sus familias o sus amigos. Fue por eso y no por otra cosa que he matado a esa gente, sólo para sentirme un poco acompañado. Saber que había más gente solitaria me hizo sentir una esperanza, que no todo estaba perdido.

La envidia estaba incubando un sentimiento desconocido para mí, pero cada día era más fuerte, mas intenso. Lo sentía en el estómago. Cada vez que veía a alguien acompañado y podía reír, o discutir o llorar con la otra persona, me provocaba esa envidia lacerante y se extendía hasta mis manos que se contraían con ganas de golpear, de apretar, de hacer daño. Tiritaba, tiritaba entero, los músculos se me contraían como un calambre, un calambre en todo el cuerpo y no había como descargar, como desahogar todo ese sentimiento, y un día, sin proponérmelo, casi como acto reflejo me impulsó a arrebatarle la vida a mi primera victima.

Puede parecer una excusa, un argumento que atenta contra la inteligencia de cualquier persona. La envidia siempre se ha considerado un sentimiento ruin, bajo, mediocre. Pero si se analiza desde otra perspectiva estimula la autosuperación, pues genera el deseo de querer ser otra persona y eso, bien trabajado y con buenos referentes (o imágenes a envidiar), puede llevar a una persona a una mejor calidad de vida.

Durante el funeral de mi victima, de mi primera victima encontré a un hombre llorando y diciendo “Me he quedado solo… era mi mejor amigo… nos vinimos juntos desde España y juntos extrañábamos menos, pero ahora tendré que extrañar por los dos” Y fue ahí, en ese preciso instante cuando me di cuenta que ya no estaba sólo, porque había otro que sentía igual que yo, que sufría y estaba solo igual que yo. Entonces vino la idea, la gran idea que me llevó a matar a otra persona, y otra y otra más, hasta que por fin hubo una cantidad suficiente para conformar un grupo.

Nada estaba dejado al azar, cada victima estaba cuidadosamente estudiada, no podían poseer nada más que un amigo, un familiar y provenir de lugares remotos, donde les seria imposible regresar. Una vez me dio por matar las mascotas de viejas solteronas, y debo reconocer que en un principio daba resultado, pero no faltaba la indiscreta que se compraba otra.

Como era el conocedor de sus estados de angustia, hice rodar la segunda parte de mi plan, es decir, deberíamos reunirnos. Así publiqué en el diario local una gacetilla, haciendo un llamado a personas solitarias a reunirse. Reconozco que la primera vez no llegó nadie, peo no perdí la esperanza, porque sabía que estaban ahí, extrañando. Decididamente debía cambiar la estrategia, y lo hice.

Envié invitaciones personales a cada una de mis victimas vivas y otras que no lo fueron para evitar levantar sospechas. Les invitaba a una reunión, evidentemente, no debía decirles que era para integrar un grupo de personas solitarias, primero porque una persona angustiada quiere estar sola y hundirse en sus recuerdos, segundo, porque si se reúne a un grupo de personas que están solas, ya dejan de estarlo. Y para evitar inasistencias por nostalgias o contradicciones, decidí invitarles a una exposición sobre seguridad y primeros auxilios. Extrañamente, cuando se ha perdido a un ser querido, el psiquismo se defiende queriendo ayudar al prójimo. Uno quiere estar preparado para auxiliar a las personas que se encuentran en problemas.

El día de la reunión, todos llegaron muy tímidos. No conversaban, sólo preguntaban de qué se trataba. Poco a poco, fui introduciéndolos al tema que me interesaba. Sin darnos cuenta, estábamos conversando de nuestras experiencias, y de esa forma cada uno fue relatando la forma en que murió su ser querido. La mayoría en accidente, porque la verdad, después de degollar al amigo de don Pedro, el que se vino de España, me di cuenta de mi fobia a la sangre. Es por eso que al resto tuve que accidentarlos mortalmente. En un principio no fue nada fácil, pues no podía atropellarlos a todos. Fui estudiando las rutinas de cada uno, y eso me dio la pauta para desarrollar cada accidente. Unos porque se les cortaron los frenos, otros electrocutados, pero a mi gusto el mejor accidente fue el desmoronamiento del andamio en el que trabajaba un pintor. Creo que ni un ingeniero habría podido calcular tan bien los puntos de fatiga estructural de los andamios.

Recuerdo a don Pedro contándonos como él y su amigo decidieron venirse a este país. Ellos eran luchadores de la guerra civil española. Nos contó que pertenecían al grupo que lideró un tal Durrutti, y reclamaba que la guerra se había perdido por el imperialismo estalinista… Ahí si que debió haber personas solitarias pensaba yo. Recordaba como su amigo lo había salvado de una bomba que habían puesto franquistas en una falsa correspondencia que enviaron al frente, y que su amigo sabía el porqué era infiltrado que los franquistas habían puesto ahí, pero luego de conocer la realidad de la lucha, desertó y se unió al grupo de Durrutti. Cuando perdimos la guerra –dijo-arrancamos para acá. Ese fue el pie para que todos contasen su historia, y sin quererlo estas reuniones se transformaron en terapias, a las cuales asistieron regularmente. Así se constituyo el Club de los Solitarios con personalidad jurídica y sin fines de lucro, y así me hice terapeuta. Y ese fue mi error, porque volví a estar solo.

Hay que entender que un profesional no debe involucrarse afectivamente con sus pacientes, uno debe estar preparado para contener. Ahora, sólo debo conformarme con escuchar sus historias de soledad, de lo que extrañan, y el vacío que tienen. Yo decidí formar mi propia familia con una hermosa mujer que conocí en la escuela de psicología. Tenemos dos dulces criaturas de 2 y 4 años. Los clientes no me faltan y he perfeccionado mi técnica. Las muertes son por inducción, es decir, entro por sus sueños, creando paranoia en personas que vienen a visitarme por otro tipo de problemas, les trasformo en psicópatas, de esta manera los victimarios son otros y yo quedo limpio. Es lento, pero efectivo. Cobro veinte mil pesos por sesión, yo me siento menos solo y gano algo de plata, claro está.

Extraño aún lo que fue el “Club de los solitarios”, del cual me alejé hace un tiempo, ya que no tenía nada en común con esas personas, yo no extrañaba como antes, y sólo me veían como el terapeuta. Es por eso -y nada más que por eso- que hice lo que hice, para que ya no me vieran como un terapeuta, para que se dieran cuenta que yo también extrañaba, para que me aceptaran como a un igual. Fue por eso -y no por otra cosa- que esta mañana, mientras mi esposa y mis hijos dormían, dejé abierto el gas de mi casa, simplemente para sentirme un poco más solitario.

Milton Leiva (1974). Poeta y Narrador. Reside en Chillán desde 1990. Ha participado en distintos encuentros de poesía: Chillán Poesía, Poquita Fe, Stgo 2006, Riesgo País Valdivia 2007, Poesía en Tránsito, Concepción 2007, y una serie de lecturas- homenajes, a nivel local 8ª región, universidades organizaciones sociales y culturales, y de forma individual asaltos poético- subversivos en la ciudad de chillan y su cuna de ” HEROES”. Ha publicado en revistas nacionales. Prontamente editarán su libro “Elegía para Fantasmas”. Más hoy, incursiona en el cuento

5 Comentarios

  1. Vincent dice:

    oye compañero, tranquilo si man, tranquilo.
    Beso cuidate
    nos vemos

  2. Enfant dice:

    Excelente.

    Muack!

  3. Jessica dice:

    Nunca leo poesía ni nada parecido. Trabajo siempre con números y cuentas. Tu relato me humedeció el alma. De alguna forma me impactaste. Tal vez te confundí con alguien con quien estudié en la eduación básica.
    Jesica

  4. jose alvarado dice:

    Milton que cuento oye, un Abrazo, y gracias por representarnos en poesia.

  5. jose alvarado dice:

    Milton que cuento oye, un Abrazo, y gracias por representarnos en poesia.

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