
Juan Podestá nos trae una nueva crítica. Esta vez es el turno de un chileno imperdible: Germán Marín y sus “Conversaciones para solitarios”.

Books: El país podrido de Germán Marin
Por: Juan Podestá B.
El último tiempo, la obra del novelista Germán Marín (1935) ha sido objeto de una potente revitalización en nuestra escena literaria. Al principio fueron los comentarios que sindicaban a este narrador como uno de los “ilustres desconocidos” de las letras chilenas, para que posteriormente fuera ya un imperdible leerlo. Todo desembocó recientemente en la reedición de tres de sus libros por el sello DeBolsillo, para a fines de este año republicar más títulos. Los primeros textos aparecidos son “Carne de Perro”, “Lazos de familia” y “Conversaciones para solitarios”. De Marín, que fue exiliado y vivió en Argentina, también son las novelas “Círculo vicioso”, “El palacio de la risa” y “Cien águilas”.
La reedición de parte de su trabajo, por tanto, es una buena excusa para bucear en el mundo de este dotadísimo narrador, dueño de una las plumas más vigorosas, precisas y furibundas de la literatura chilena de las últimas décadas.
“Conversaciones para solitarios” es un libro de cuentos aparecido en 1999, y es uno de los trabajos que permitió a Marín entrar con fuerza en la fonda literaria chilena. La colección de relatos está inundada por los temas recurrentes del exeditor de Random House Mondadori: la familia, Chile, la nostalgia por un país perdido, el pasado, la violencia, la política (el poder). Pero más allá de eso, en este libro, los textos tienen la fuerza que da el hecho que conformen un certero fresco sobre la violencia y la podredumbre de un Chile decadente, en el que las viejas clases se arriman a un pasado que ya no les pertenece, y donde la esperanza fue reemplazada por la resignación a los hechos consumados. Son relatos que constituyen el cuadro de un país tan repulsivo como lo pueden ser las imágenes de Il Bosco: mañosos patrones de fundos esperando la muerte; el relato de un tipo feliz por el triunfo de Allende, pero que hablándole a su pareja, le informa sobre el aciago destino de tan vanas esperanzas; un testigo desencantado del país al que vuelve luego del exilio, y la amistad entre dos primos separados por sus convicciones políticas.
¿De qué nos habla Marín? ¿Quiere aleccionar? ¿Quiere alertar? Nada de eso. Sus relatos son conversaciones para solitarios, narraciones que torturan sin fin a las buenas conciencias, dejando primero el sabor bilioso de la rabia en la boca del lector, al poner en evidencia las aguas profundas de un país devastado por la violencia ejercida unilateralmente, y luego haciéndonos patente el absurdo de toda tortura: como en el cuento “Lager” donde un sujeto es golpeado brutalmente por unos agentes de la dictadura que quieren de él una confesión, fechas, nombre, listas que no hacen más que ahondar el absurdo. El tipo no sabe nada, y termina contando las mentiras que leyó sobre el Plan Z. Lo que finalmente lo llevará a la muerte, ahora por mentiroso. Irónico.
En “Arenas vacías“, un prisionero de guerra en pleno desierto (la Pisagua de Pinochet o la de Gonzáles Videla) tiene como misión echar arena al mar, repitiendo el gesto hasta el hastío, mientras es vigilado por un oficial. Como Sísifo (imagen que el autor hace explícita) el condenado está sujeto al absurdo de la repetición, objeto de una orden que, como toda orden inspirada en el terror, no tiene lógica: arena al mar, arena al mar, arena al mar; imagen beckettiana, pero antes que todo, reflexión sobre la inutilidad, sobre el abuso.

En “El rey del desierto”, Marín fabula una recepción en Inglaterra a John Thomas North, quien en la época dorada del salitre, fue el magnate que recorría orondo el desierto chileno mirando sus posesiones. En el evento habla con empresarios, militares, embajadores, y todos aquellos que de una u otra manera permitirán que se adueñe de gran parte de esa extinta riqueza. El texto pone de relieve las estrategias del poder, las subrepticias maquinaciones y acomodos de aquellos que pudiendo obtener algo, lo harán a cómo dé lugar para no perder un ápice de poder; los arreglos, los pactos. Acá va un párrafo decidor: “…deberá cruzar siete mil millas en vapor, para sostener una conversación que, vaya la cosa, durará nada más que cinco minutos, destinada a lograr del señor Balmaceda, mandatario de ese país, algunas rectificaciones legales que impiden la expansión económica de la provincia de Tarapacá y, de paso, señalar el interés de comprar algunas empresas de propiedad fiscal…”. ¿Acaso no suena a la negociación que compró la democracia chilena a los militares y empresarios el año ´90?
En “Prosas marciales”, uno de los apartados mas brillantes del libro, el autor juega con las confesiones secretas de torturadores, con las fantasías de un inquisidor que no duda en humillar a su torturador, y con monólogos de quienes ya perdieron toda inocencia y que, por si no bastara con las manos, tienen todo el cuerpo manchado de sangre.
Pero en “Conversaciones para solitarios” hay también cabida para más. La nostalgia por un Chile republicano y barrial en “Las últimas compasiones” (relato no exento de una aguda crítica a la burguesía, además de a la oligarquía y sus descendientes), donde el hijo de un anciano político conservador baja al centro de Santiago para encontrarse con un amigo en un pool y vender unos adornos; para el viejo mundo del hampa chileno, cuchillero y noctámbulo, en “Último resplandor de una tarde precaria”; y para la clásica perturbación literaria en “Cartas anónimas”. Hay espacio además para la ensoñación melancólica, como en el relato “La noche que bailé con Ava Gardner“, donde el narrador se deleita contando cómo, en una noche bonaerense, terminó compartiendo un tango con la hermosa actriz de “Venus era mujer”.
Marín escribe como un esgrimista. Es claro, elegante, hasta refinado, sin perder un mínimo de fuerza, expresividad y brutalidad. Su prosa coquetea con un barroquismo nada artificial, y es capaz de ahondar en lirismos nada obsoletos. Marín es un clásico, su escritura (que se paladea, como en otros maestros: Joyce, James) nada tiene que ver con el falso minimalismo al que recurren quienes no tienen talento, o a la floritura de aquellos que aún creen en el adorno para justificar la falta de historias rotundas que, como bien sabe el autor de estos relatos, se pueden contar en dos páginas. Por último queda decir, que si uno se pusiese a otear el horizonte de escritores de calidad en la galería nacional, al primero que vería sería a Marín.
“Conversaciones para solitarios”
Germán Marín
Editorial DeBolsilo, 172 páginas
(2008, reedición)
Precio referencia: 5000