
Benditos Black Rebels, entre el desenfreno y la calma. Sobre su inolvidable, esperado y extremo encuentro con Chile nos cuenta Carlos Pérez.

La oscura belleza de Black Rebel Motorcycle Club
Teatro Caupolicán, Santiago, 3 de octubre
Por: Carlos Pérez. / Fotos: Nicolas Soler.
La perfecta anarquía de Black Bebel Motorcycle Club (BRMC) finalmente se vio en Chile, y la espera se pagó con creces. En una performance de esas que quedan pocas, el trío de California demostró porqué decían que eran tan buenos. Parafraseando, insoportablemente vivos.
El concierto BRMC del viernes tres de octubre era la oportunidad para ver a una de las bandas más respetadas de la actual escena norteamericana. De ahí la lista gorda de glamorosas personalidades criollas que se dieron cita en el Caupolicán. Y el trío californiano no decepcionó.
Cuando “666 Conducer” abrió la presentación, se sintió como la batería de la sustituta Leah Schapiro llegaba a doler, y las cuerdas de Peter Hayes y Robert Levon Been desgarraban el lugar. El millar de personas que se acercaron al pequeño teatro -sin duda un acierto para una banda de estas características- supieron inmediatamente que ésta sería una buena noche de inmundo rock and roll. Amén.
En casi dos horas y media de concierto, BRMC hizo un repaso de sus cuatro discos, poniendo inmediatamente sobre la mesa sus pergaminos y mostrando un sonido granítico. Ni siquiera las fisuras que a veces genera el entusiasmo en las cuerdas sirven para opacar la perfecta-imperfecta sincronía de la dupla Hayes-Levon Been.
Tanto en las masivas “Whatever Happened to my Rock n’ Roll” y “Weapon of Choice” como en temas más oscuros característicos del trío, donde incluso hubo tiempo para espacios acústicos más personales por parte de Hayes y Levon Been, los que fueron escuchados con atención por un público que entendió la instancia como una ventana a un segundo aire, BRMC dejó todo sobre el escenario del Caupolicán. También hubo espacio para un solo de Levon Been sobre un mar de fanáticos, y la ya tan comentada improvisación del músico a la salida del teatro.

La técnica es tan efectiva como sencilla: apelando al talento de sus integrantes, esta banda nacida en 1998, crea lánguidas atmósferas las que van poco a poco absorbiendo al público hasta terminar de nockearlo con el oficio que entregan los 10 años de carrera y un background que mete en la licuadora una variopinta lista de influencias. Desde el protopunk de The Stooges, hasta la referencia certera de The Jesus & Mary Chain, sin olvidar la cercanía hacia Spaceman 3, la Velvet, todo el basto sur e incluso T. Rex.
Y es que BRMC casi nunca explota, sólo arde lentamente hasta terminar de consumirlo todo. A momentos te duermen y en otros desparraman toda su potencia sobre el escenario. Cuando quieren te paralizan. En episodios de la más autentica naturaleza rockera, te fulminan como la sombra de un cohete rabioso montado por Hendrix, Janis, Iggy, Lou y todas las negras estrellas de un cielo comandado por Black Rebel Motorcycle Club.
Una de esas visitas inolvidables que nos hace abrigar esperanzas en la vieja frase de Neil Young, esa que de tanto repetirla ya suena a charlatanería: “Hey hey, my my rock and roll can never die”.