Teatro: La Madre del Cordero.

Federico Zurita y Natalia Perez asistieron a una de las funciones de la obra La Madre del Cordero de la compañia La Oruga y luego del final cada uno trabajo en lo suyo, Federico en las teclas y Natalia con el flash.

La Madre del Cordero

Por: Federico Zurita. / Fotos: Natalia Pérez.

La madre del cordero es la más reciente producción de la Compañía de Teatro y Música La Oruga, Y cuenta una historia sencilla con un final feliz. La acción dramática de esta obra, escrita y dirigida por Carlos Huaico Gárate, está basada en la canción del mismo nombre del folclorista Tito Fernández, El Temucano. “Nos criamos, desde chicos, juntos en el miraor; mi padre, peón antiguo, el suyo, el administrador” dice el Venancio. De estos versos de Fernández, además, se da vida a los otros personajes involucrados en el conflicto: Don Guille (dueño del fundo) y su hija Rosa. Ignorando las diferencias sociales y pese a las advertencias que el muchacho recibe por parte de su viejo y cansado padre, que ha trabajado toda su vida como peón para Don Guille, Venancio y la niña Rosa se enamoran. Mientras tanto Margarita, una más del numeroso grupo de amigos de Venancio (campesinos como él), intenta infructuosamente ganarse el amor del muchacho, el que tiene a medias por cierto, cuando la niña Rosa es enviada por su padre a educarse con las monjas, y que luego de un par de años pierde, cuando la hija del patrón regresa al campo.

Los hechos se suceden entre versos y música a cargo de los doce actores que encarnan a la casi veintena de personajes, con ayuda de dos guitarristas y un acordeonista que se pasean como ángeles por las tierras de Don Guille. “Rosa es el sol, usted mata a la envidiosa luna, la que ya está pálida y enferma de dolor, porque usted es más hermosa que ella … quizás soy demasiado atrevido, pero el brillo de tus mejillas avergonzaría a las estrellas, como el sol a una lámpara, tus ojos en un cielo nocturno brillarían con tal claridad que hasta los pájaros cantarían…”, intenta improvisar Venancio, parafraseando al más famoso de los enamorados en Romeo y Julieta. A los versos de Shakespeare se suman los de Los Ángeles Negros y nuevamente los de Tito Fernández con “La casa nueva”, esta vez recontextualizada en la melancolía de un Don Guille acongojado por la [pésima] elección de amor que hace su hija y la pérdida, ya tan lejana, de su esposa. La canturreo sigue en el burdel de campo al que llegan los personajes guiados por los versos del Temucano, donde no falta la puta con pene, tipificada ya, por ejemplo, por José Donoso en El lugar sin límites.

La lectura más frecuente, tanto de la canción de Tito Fernández como de la obra basada en ésta, se construye a partir de los rasgos de Venancio, quien se sobrepone al ser discriminado por el padre de su enamorada y cuestionado por el resto de los pobres que creen que no es posible salir del lugar de borde al que han sido relegados. Venancio, en este sentido, triunfaría sobre las jerarquías que impone la existencia de una sociedad de  clases. La obra, por tanto, estaría discutiendo con esa forma de organización social. Esa sería, sin embargo, una lectura optimista que, con tan sencilla solución, perdería fuerza política.

Proponemos leer esta puesta en escena desde un lugar que desplace el centro desde las dificultades amorosas de Venancio y la niña Rosa hacia la disputa de amor entre esta última y Margarita. Con este desplazamiento del foco la lectura ya no es optimista, sino todo lo contrario: la niña rica obtiene lo que desea y la pobre, en cambio, pierde lo poco que ha deseado, y, lo que es peor, a nadie parece importarle. Es una lectura viable y política, donde el ser amado podría ser una metáfora de cualquier cosa que se desee (educación, justicia, salud). El que opte por la lectura más frecuente está, por supuesto, en todo su derecho: el teatro puede ser un simple pasatiempo que distraiga a los espectadores de sus problemas reales. Eso, sin embargo, sería un desperdicio de los símbolos en suspensión.
 
La madre del cordero.
Dramaturgia y dirección: Carlos Huaico Gárate.
Elenco: Pamela Alarcón, Denis Armijo, Antonio Armijo, Rodolfo Armijo, Felipe Concha, Anita Olguín, Tamara Avalos, Maite Rodríguez, Álvaro Salazar, Patricio Huaico y Gastón Salgado.
Duración: 1 hora 10 minutos.
Compañía de Teatro y Música La Oruga.
Sala Sidarte, Ernesto Pinto Lagarrigue Nº 131, Barrio Bellavista.
Desde el 3 de octubre al 2 de noviembre.
Funciones jueves a sábado 20:00 hrs y domingo 18:00 hrs.
Precios general $ 4.000.
Precio estudiante, 3ª edad, jueves y domingos populares $ 2.000.

2 Comentarios

  1. Felipe dice:

    el final no es feliz. al final no queda claro qué pasará; termina con un ímpetu de borracho, que como todos sabemos, puede terminar de infinitas formas. cualquier final feliz trata de unir artificialmente el ser y el deber: crear moralejas, unir causalmente una acción moral y una recompensa o un castigo para que creamos: “así es la vida. según este conocimiento me comportaré”. es malo ver moralejas donde no las hay. para mí, el centro de la obra es la crítica de la felicidad que está presente en la última parte de la obra: lo dionisíaco, el terreno originario (umgrund) donde se unen la tristeza y la alegría y su presencia en las costumbres chilenas. esto también está, de cierto modo, en el vals incestuoso de Don Guille con su hija: en ella ve a su difunta esposa, con lo que le proyecta una responsabilidad de esposa que ella no acepta pero que terminará consintiendo (durante el vals mantiene una sonrisa: aunque cabe la posibilidad de que sea todo un delirio de borrachera del padre). de una situación de poder tan absoluta, lo que podría ser contrario al estado anárquico dionisíaco, se pasa a una dialéctica de lo triste y lo alegre que es similar.
    el Denis, que hacía de puta masculina, tuvo una presencia importante además, al servir como puente entre las categorías de lo masculino y lo femenino; pero como puente en medio de la violencia dionisíaca, lo que logró una destrucción de ambas categorías antes de que se percatara su enlace.

    etcétera.

  2. mairiana dice:

    etcéter.

    ETCÉTER.

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