
Las curvas de un cuerpo encerrado en su casa, en su cuerpo, en la libertad que su madre ha impuesto. Del poder, las relaciones, y las especulaciones entorno a la ciudad moderna las trae Federico Zurita, el crítico con dedos de bengala.

Stgo a Mil: Jaula Obesa
Por: Federico Zurita. / Fotos: Carolina Amos.
La compañía Geografía Teatral está presentando en la sala Sergio Aguirre la obra Jaula Obesa, escrita y dirigida por Tomás Espinosa Bertrán. La puesta en escena se desarrolla en la sala principal de una casa tapizada con un papel mural saturado de motivos culinarios. Este espacio es habitado por una familia compuesta por Víctor, Carla y la madre de ambos, Elda (interpretados respectivamente por Horacio Pérez, Bárbara Vera y Mónica Carrasco). La casa se ubica en un barrio marginal que ha sido sacado de las rutas de los repartidores de pizza (principal alimento de la familia). Pero este hogar mantiene a sus habitantes, gracias a rejas y cercos eléctricos, liberados del entorno, o prisioneros de su ética del desprecio, esa que distribuye a las personas en un eje vertical que cuantificaría su calidad humana. De su hogar, Elda dice: “Es una casa pintada café con leche, con un portón de madera pintado de chocolate, con una reja con un cerco arriba del portón. Es bien diferente al resto, porque el resto se conformó con lo que le pasaron”. Carla, la hija, en el encierro liberador que le ha dado su madre, se ha vuelto una obesa mórbida. Víctor, por su parte, ha reproducido la ética de Elda. “Si alguien se llama Kevin hay como un 80 % de probabilidades de que sea medio ladrón, medio narcotraficante, medio asesino y medio violador”, afirma el muchacho. Pese a esto han bautizado a su perro como Killer.
La rutina familiar lleva a la madre a su trabajo y a Víctor al colegio, mientras Carla se queda resguardada en el encierro, sin poder moverse (por su cuerpo que la limita y por los cercos de la casa, volviéndose lo primero una suerte de símbolo de lo segundo), pero castrada en su espacio seguro, tapizado de comida. Esa rutina no experimentaría quiebre hasta que el Nelson Denis (representado por Rafael Contreras), amigo de infancia de la Carla y dueño del carrito de completos de la esquina, aparece para dotar de una curva a la vida lineal que ha mantenido la muchacha atrapada en su cuerpo, en su casa y en la ética restrictiva que su madre ha impuesto.
La familia se siente mejor que su entorno. “Toda mi familia conoce la playa ¿A ver conocís la playa? ¿Conocís la nieve? La Carla una vez fue a tocar la nieve, me trajo un poco en una bolsita y yo también la toqué. Eso es cachar un poco más, es cachar que si le ponís a tu hijo Michael, Bryan, Bryatan, Brandon, Dayan, Eric, Nick, Johnny, Jonathan, Richard, Hans, Walter o Jefferson, desde que sea niño va a ir a su primer día de escuela y la tía lo va a mirar como un alumno cochino que le pega los piojos al resto, y de ahí en adelante va a ser siempre considerado como sospechoso, porque es sospechoso que sus padres le hayan puesto ese nombre po”, le explica Víctor a Nelson Denis. Pero Carla, la manifestación viva del encierro, se ha cansado, alterando la segura fragilidad que la madre ha construido para sus hijos. Sin embargo, Elda le advierte a la muchacha: “Si yo no le hubiese puesto cable entremedio a la reja en el momento en que se lo puse, estarías seguramente hasta con un hijo de ese tal Nelson y teñía rucia y con un tatuaje del Colo-Colo en una pechuga y con un tajo de la Joyce en la cara y robando en el supermercado y pegándole coscorrones a tu hijo (…) y en vez de estar sentada aquí, estarías sentada en ese carrito pasada a aceite y más guatona”. Así, el ímpetu libertario de Carla pierde ante inesperadas (o tal vez evidentes) conclusiones.
De esta forma, entre los cuatro personajes que componen la acción dramática no habría relaciones de dominado y dominador (pese a las imposiciones que la madre de Víctor y Carla realiza sobre estos). Todos más bien, incluso Nelson, serían víctimas de una autoridad ensombrecida y, como tal, bien acomodada (robándose un espacio trágicamente robustecido), que articula y condiciona las relaciones de violencia y sospecha que se generan en medio de las comunidades que componen una ciudad.
El miedo que motiva las decisiones de la madre de Carla puede ser sólo producto de una paranoia o bien estar completamente justificado. En cualquier caso, ambas posibilidades generan efectos materiales que influyen en la realidad. Los cuestionamientos que podría estar planteando Jaula Obesa se relacionarían con poder visualizar al causante de este miedo (ya sea paranoico o justificado), al responsable de la castración de la Carla. Aunque ésta parece rendida y no puede visualizar otra posibilidad más que asumir la libertad que le ofrece su madre, la cárcel moderna que está en todos lados.
Jaula Obesa
Dirección: Tomás Espinosa Bertrán.
Compañía: Geografía Teatral.
Duración: 1 hora.
Elenco: Mónica Carrasco, Bárbaara Vera, Horacio Pérez, Rafael Contreras.
Fecha: entre el 14 y el 25 de enero.
Lugar: Sala Sergio Aguirre (Morandé 750, santiago Centro).
Horario: 20:30 hrs.
Precio: $ 3.000 general.