Cinefagia: Mi Pobre Angelito.

Bruce Gibbons sentó cabeza (esperamos) y nos trae una de las grandes lecciones de infancia que nos enseñó nuestro odiado y amado Hollywood.

Cinefagia: Mi Pobre Angelito

Por: Bruce Gibbons.
 
Entre los 6 y los 8 viví en Estados Unidos: la tierra prometida donde, durante aquellos dos años, aprendí a leer y escribir saboreando el sueño americano. Volví a Chile todo un gringuito, acordándome muy poco del castellano y odiando las pésimas traducciones que le ponen a los nombres de las películas aquí –algo que aún no logro entender.

La primera que recuerdo que me llamó la atención fue la traducción de Home Alone, una de las películas que ví allá en el cine y que –lógicamente, si tenía como siete años– me gustó tanto que me la habían comprado en VHS. Su nombre aquí en Chile era Mi Pobre Angelito, algo de lo que me enteré el año que volví, cuando mis papás me llevaron al cine a ver Mi Pobre Angelito 2: Perdido en Nueva York.

De angelito tenía poco, pero de ídolo demasiado. El personaje (Kevin) interpretado por Macaulay Culkin era un dios. Claro que tenía una vida trágica: era incomprendido por su familia (nadie respetaba su gusto exclusivo por pizzas de queso solo), era olvidado en su casa (se fueron todos de vacaciones sin darse cuenta de que faltaba él) y corría un grave peligro (dos ladrones oscuros ponían su vida en riesgo). Pero de todos modos, representaba todo lo que uno quería: se quedaba solo en una casa gigante, con comida, películas y muchos, muchos juguetes.

Estar con mis hermanos en la casa y jugar a ser Kevin McCallister era todo un panorama, pero el juego nunca resultaba como uno quería. El escenario requería ausencia de padres y peligrosos ladrones, además de dejar trampas por todos lados, algo que no habría sido bien acogido por quienes mandan en la casa. Pero era mi sueño ser como él: tener todo ese espacio para mí, además de que mis compañeritas del colegio (todas enamoradas de Culkin) me encontraran así de guapo.

El sueño de quedarme “solo en casa” se cumplió, pero ya mayor. Fue en esa edad transitoria entre la niñez y la adolescencia propiamente tal: cuando no eres lo suficientemente grande para salir de noche y cuando no eres lo suficientemente niño para acostarte temprano (algo así como la versión masculina de la “mini-lola”, que no es lola aún pero que ya no juega con la Barbie). Mis papás tenían una comida, un bingo o algo así, y me dejaban solo, sin babysitter porque ya estaba en edad de podérmelas por mí mismo. Así, pude leer los libros que no me dejaban leer en la casa, fumarme mis primeros cigarrillos tranquilamente, ver películas “para adultos” en el cable y probar mi primer vaso de whisky.

Pero, por algún motivo u otro, siempre me bajaba el miedo. El miedo de dos ladrones (o más) que vendrían a interrumpir mi pacífico descanso de los adultos y hermanos que tenía en casa. ¿De dónde viene este miedo? De las aventuras de Kevin, solo en casa. Y es que vi la película cuando era bastante chico: edad tierna en que Hollywood educa las más profundas raíces de tu cerebro. Porque, al fin y al cabo, esta película lo que te enseña (al igual que las películas de terror enseñan a las babysitters cachondas a no llevar su pololo degenerado en horas de trabajo a casas ajenas) es que quedarte solito puede parecer algo entretenido, demasiado espectacular para dejar pasar, pero en el fondo todo esto lleva consigo un peligro enorme, del cual no siempre te podrás zafar.

Así, la paranoia que el cine inculcó en mí poco a poco se fue haciendo más grande, hasta llegar al punto en que prefería no quedarme solo y no hacer maldades: esperar hasta que fuera más grande para fumar, para leer cosas adultas y ver esas películas “soft” en I-Sat o Space. Culpa ancestral, transmitida por las películas para niños, asimilada al miedo de que llegara alguien a casa y me matara, me violara, o simplemente robara mi VHS de Mi Pobre Angelito.

Claro que “prefería” no quedarme solo y no hacer maldades. Pero, ¿realmente hice caso a mis deseos y preferencias? ¡No señor! Porque la vida hay que vivirla y pareciera que a medida que uno crece lo olvida. Ya soy más fuerte que Hollywood. Así que, amigos y amigas disfruten, fumen y tomen, lean y vean cosas cochinas para luego aplicar con su pareja, que no hay nada peor que ser un angelito pobre.

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