Teatro: “A Primera Hora”.

Una obra de Cristián Figueroa transita entre la denuncia política y el halo de Ray Loriga. Federico Zurita la comenta.

Teatro: “A Primera Hora”

Por: Federico Zurita. / Fotos: Gabriela Lobos.

A primera hora se encuentran por accidente, en una estación de metro, Marta, la hija disconforme de un ministro de algunos de los gobiernos de la concertación, y Vicente, un sujeto que -a sus treinta años- se gradúa de raro y se extravía en su hermetismo. Tras una insospechada empatía (que más bien parece apatía), ambos deciden huir al norte en el auto de la muchacha. El ministro y su esposa, una conocida actriz que ha regresado a la televisión gracias al cargo de su marido, constituyen junto a su hija una familia que se desintegra, pero que debe mantener las apariencias. El ministro espera que la desaparición de su hija no desencadene su caída en las jerarquías de la nación, por lo que recurre a la prefecto Montero, quien, a tumbos, busca dar con Vicente y obtener beneficios de aquello. La madre del sujeto que ha huido con Marta, en tanto, llora porque a su hijo lo van a sacrificar. Esto es A primera hora, la obra escrita y dirigida por Cristián Figueroa que, hasta el 31 de julio, se presenta en la sala Lastarria 90.

La acción dramática de A primera hora nos puede hacer recordar cualquier película que califique como road movie o cualquier novela donde el tiempo y el espacio se materialicen en la extensión (y la tensión) de la carretera. A este humilde reseñista le recuerda la novela Caídos del cielo de Ray Loriga, pues, pese a las diferencias (en la novela del español, el chico que huye en el coche de la chica es un adolescente “la hostia de guapo”), hay también similitudes (el chico, aunque no en los mismos términos que Vicente, es un raro). Hago esta mención para señalar que estas semejanzas, por supuesto, no son un pecado. La adhesión a un formato estético no necesariamente resta originalidad ni frescura a la formulación de discursos. Lo que sí -en cambio- disminuye los bonos, es el uso de símbolos agotados para la formulación de discursos que, además, suenan  repetidos.

Veamos: El berrinche de la hija del hombre poderoso, haciendo tambalear el poder de su padre; la familia perfecta que, en secreto, se viene abajo; el policía que se salta el conducto regular para obtener alguna recompensa del político beneficiado; el raro que se mezcla y acompaña a la muchacha en su salida de la jaula de oro. En este montaje con características realistas, todos esos elementos buscan formular una denuncia, pero constituyen símbolos tan agotados como la paloma blanca simbolizando la paz. Metáforas debilitadas, diría Borges.

En tanto, la denuncia que A primera hora intenta realizar está asociada a la pérdida de dirección del proyecto de gobierno de la concertación. Fuera del espacio del arte, esto puede ser dicho de forma explícita. El teatro, en cambio, y cualquier manifestación artística, debe recurrir a una formulación simbólica que apuntale al espectador. De esta forma, la experiencia se vuelve epifánica y la denuncia puede producir efectos sociales. Por el contrario, la repetición de los símbolos esteriliza los discursos volviéndolos cursis. Acto seguido, se invalida la crítica y, lo más peligroso, se valida lo que ha sido criticado.

A primera hora de Cristian Figueroa.
Dirección: Cristian Figueroa.
Duración: 1 hora 20 minutos.
Elenco: Víctor Manuel Monteros, Carmen Gloria Sánchez, Alberto Zeiss, Daniela Aguayo, Rafael Contreras, Daniela Tobar, Susana Tello.
Fecha: hasta el 31 de julio.
Lugar: Sala Lastarria 90. Lastarria 90, metro UC.
Horario: Jueves a Sábado 22:00 hrs. Domingo 18:00 hrs.
Precio: $ 4.000 general. $ 2.000 estudiantes y 3 ª edad.
Jueves y domingos populares $ 2.000.

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