Teatro: No se lo digas a mamá.

Federico Zurita nos trae una obra de Javier Muñoz Máximo, donde el incesto y las normas sociales traen a luz una noticia de hace 10 años.

Teatro: No se lo digas a mamá.

Por: Federico Zurita Hecht. / Fotos: Francisco Peña.  

El montaje de teatro-danza No se lo digas a mamá es la forma que Javier Muñoz Máximo, autor y director de este espectáculo, ha ideado para reflexionar acerca de una noticia que hace diez años llamó su atención. En los diarios de 1999 es posible leer sobre dos hermanos que, tras tener un segundo hijo (fruto de una relación incestuosa), intentan asesinarlo, arrojándolo a un pozo séptico en la localidad Padre las Casas. A partir de este referente, la obra de Muñoz propone una lectura posible de los hechos e instala un juicio alejado del veredicto de la norma, sugiriendo que la regla no puede presentarse (y existir) como indiscutible. De esta manera, la representación intenta volver difusos los límites entre lo que tradicionalmente ha sido considerado correcto o incorrecto.

La acción dramática se mueve a lo largo de tres tiempos: el inicio de la complicidad entre los hermanos, el desarrollo de la relación que los aleja de las normas tradicionales y, tras ese distanciamiento, los actos que determinan su caída. Los hechos se desarrollan en un espacio amplio, oscuro y frágil, invitando al espectador a concentrarse en la evolución de la relación de los hermanos (interpretados por Javiera Sanhueza y Nicolás Cottet) y, posiblemente, a reparar en la precariedad material y de inserción social de dos sujetos marginados. Precariedades que, para el caso de este montaje, no alcanzarían lo moral.

En efecto, lo que No se lo digas a mamá no juzgaría es la relación de los hermanos: el amor que la textualidad de la obra prefiere intuir en los indescifrables hechos referenciales. Sobre la aberración del intento de homicidio de un recién nacido, aparentemente no formularía descargos. Así pareciera sugerirnos la letra de la canción (responsabilidad de Cecilia García-Gracia) que escuchamos en el transcurso de la acción dramática: “Duerme mi niño, quédate aquí conmigo / duerme mi niño, quiero darte mi abrigo / cómo poder protegerte de mí, cómo poder protegerte de mí / Y mi pecho te aplasta, te alimenta mi frustración y todo mi amor”. Sin embargo, la mirada al crimen es sólo de soslayo, lo que parece más bien un intento por eludir las posibles contradicciones en que pudiera caer la reflexión, si es que considerara como antecedente esa consecuencia (el  crimen) de lo que ya ha sido planteado como imputable por la ley de la puesta en escena: el amor innecesariamente prohibido es lo central, nos sugeriría ésta. El discurso, así, no se pisaría la cola, pues creería que, de esta forma, evita avanzar por el borde. Pero la reflexión se ha originado en el borde y el esquivar los obstáculos generaría vacíos. Nuevos vacíos habría en la posibilidad simbólica del cuerpo en movimiento, pues, en este caso, la danza que representa tanto los juegos de complicidad infantil como los hechos mismos de la caída de los personajes no ostentaría mayor diferencia estética en uno u otro momento.

Pese a los vacíos, un eventual valor de No se lo digas a mamá estaría en la posibilidad de proponer que la realidad no debería, necesariamente, articularse en la forma que históricamente ha sido considerada como la correcta. La fractura de una de las piezas del engranaje social, que ostenta forzosamente la condición de verdad absoluta, nos hablaría de la posibilidad de que ésta u otras (las instituciones, por ejemplo) pudieran corresponder a ficciones que han sido naturalizadas por el entramado social. El asunto del incesto, por lo discutible que puede ser lo planteado por este montaje (sumado a sus vacíos formales e ideológicos), se presentaría como una parábola de una discusión mayor. De momento, quedaría planteado que un mismo hecho puede tener más de una lectura, siempre y cuando (situación igualmente cuestionable, por cierto) ésta no posea vacíos ni contradicciones.

No se lo digas a mamá de Javier Muñoz Máximo.
Dirección: Javier Muñoz Máximo.
Duración: 46 minutos.
Elenco: Javiera Sanhueza, Nicolás Cottet.
Música: Cecilia García-Gracia.
Fecha: hasta el 17 de mayo.
Lugar: Sala La Vitrina. San Ignacio 1631. Metro Rondizzoni. H
orario: De viernes a domingo a las 20:30 hrs.
Precio: $1.500.

2 Comentarios

  1. A. dice:

    super! las fotos!

  2. max prieto dice:

    Muy buenas fotos y artículo, me dan ganas de ir a verla.

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