5am: Juan Fernández, todo vale.

Indie.cl no cubre sólo noches santiaguinas, sino también fuera de la ciudad, fuera del continente incluso. Recién llegando en barco Rodrigo Pérez nos presenta la última noche en la Isla, antes de que llegue el invierno en Juan Fernández.

5am: Juan Fernández, todo vale.

Por: Rodrigo Pérez.

Llega el buque a la Isla (Robinson Crusoe, la más grande del Archipiélago de Juan Fernández) y los mismos isleños comentan, “la isla se convulsiona”, pues sólo una vez al mes hay contacto Chile-Insula, transfusión de víveres, pertrechos y gente.

El barco llega un miércoles y el jueves ya se anuncia que la disco local estará abierta desde las 11pm. “La Brújula” es la discoteque que esta frente al pub restorant “Bahía”, cual de ambos nombres más ocurrente. Aunque eso no importa la verdad, nada es muy grave en Robinson Crusoe, y que no se entienda esto como menosprecio, sino que la escala de prioridades esta muy lejos de buscar un nombre de diseño. “Bahía” es para beber sentado, con la luz prendida. Algunas noches allí toca el grupo local Dresden,  que, a través ya de tres generaciones ha inspirado su trayectoria en lo que llamamos folklore tradicional o –mejor dicho- carrete poncho: Inti, Quila, etc. A diferencia de San Pedro de Atacama y sus restobares moleculares, y de los barrios ultrapatrimoniales porteños, Robinson Crusoe es lo que se ve, a secas y con honestidad, y allí mismo radica su valor. En el día, Brújula Discotheque esta cerrada, sin embargo uno de sus costados se abre  como minimarket, caro, bien abastecido y atendido por las tres señoras que de noche (en Brújula Discotheque) se preocupan de venderte los copetes en la barra, muy sonrientes y de polera alolada.

Etnográficamente, por decirlo así, el isleño es quemado en la piel, collar al cuello y animado para bailar. La isleña es femenina, desinhibida y feliz, poca cuenta se da de lo que tiene de sobra o falta en el cuerpo. Asertiva, si pasas antes que ella te dice “maleducado”, y si la tocas, TE PIDE EXPLICACIONES INMEDIATAS. Entre los locales, carreteando la fauna variopinta de los plásticos, los visitantes encuentran “súper” increíble la vida en la isla.

Ya iniciada la hora de baile en La Brújula, a una hora determinada llegan muchos hombres de pelo corto. Bailan desproporcionados, beben alegres entre los parroquianos,  con sus poleritas de piqué, sus pantalones con pinza y un vaso en la mano. No usan pulseras ni collares ni están quemados por el sol. Al detenerse en sus caras se puede reconocer a los tipos de uniforme que estaban hace unas horas arriba del barco en que llegamos, en el día entero que se demora el trayecto desde Valparaíso. Sumamente relajados, el marino médico de abordo, los oficiales, y los otros marinos se ponen juntos a bailar con cualquiera de las féminas del lugar, lo que sea ponga el dj, que puede seguir con suma naturalidad  el orden de Rakatá (Wisin y Yandel), Give it to me (Madonna), Las Avispas (Juan Luís Guerra), Last Episode (Snoop Dog) y continuar con Villera y Los Prisioneros y luego Two Unlimited y volver a Timbaland. De todos una sola canción. Solo importa que alguna vez haya sido éxito bailable, nada más. Entre temas, y ante el fulgor de los visitantes, se sortean copetes gratis para las minas que sean capaces de tomárselos al seco.

A las 4 a.m. esta llena La Brújula y los marinos revisan sus relojes. A las 4.01 un marino apunta uno por uno a sus compañeros. A las 4.02 ya no hay ningún mariniciento. Ni la cenicienta haría eso. La Brújula queda habitada por harta mina rica, pero menor de edad (delito), también harta mujer mayor alegre y desinhibida, sin embargo lejos de la dieta de este reportero. La población sigue carreteando, “la mina que agarró, agarró” escucho a mis espaldas. Toda la razón. La gente local sigue pasándola bien. Y si, puede decirse que adentro hace calor, pero siempre habrá cerca un roquerío al pie de las olas donde sentarse a recibir la brisa y guitarrear. Hay un faro incluso, de fácil acceso, aun a oscuras.

Poca gente queda en la discoteque aunque la agilidad de la música no decae. Con el amanecer en ciernes parece tentar mas la idea de fumar o tomar de la botella mirando las olas. Todavía de noche sigo a la gente con que vengo, nos sentamos cerca del cementerio,  a pasos del faro, bajo una parra a dos o tres metros del agua. Se empiezan a entonar melodías de fogata, pero sin guitarra ni fuego, a correr las botellas, puro ánimo. En algún momento del canturreo dejo de recordar. Claramente no estuve consciente para ver el amanecer en la Isla.

Un Comentario

  1. Jaime Caro dice:

    que envidia que me das.

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