Aperrados: La Geometría de Javier Barría.

La música de Javier Barría llega por fin a disco “Introducción a la Geometría” (Infanta Terrible, 2009). Felipe Oviedo habla con él sobre su potente e íntimo debut el estudio.

Aperrados: La Geometría de Javier Barría.

Por: Felipe Oviedo. / Fotos: Hugo Hinojosa.

Miguel Claro es una de las calles más silenciosas de Santiago de noche y por ella me pego una buena caminata para llegar a la radio de la U. de Chile, donde Javier Barría presenta su primer disco bajo el sello Infanta Terrible: Introducción a la Geometría. Llego un pelo tarde y me quedo apoyado en la puerta viendo el show. No hay asientos disponibles, está copada la sala que ya presencia el asunto. Javier Barría está ahí con su guitarra acompañado por Roberto López, Andy Baeza e Ismael Palma. Lo que está sonando es “2AM”, la primera canción del disco, que cruza varias atmósferas y se revela de sonidos confrontados al ritmo de una calma bien analgésica. “Música” es la palabra que siempre interrumpe la interpretación, en una canción que perfectamente podría tratar sobre la muerte, me aclararía un par de días después el compañero. Claro, “llegaré despacito, no me esperes despierta”, dice en la última estrofa, cuidando de que los diminutivos sepan calmar la vida.

Cuando Javier Barría se queda solo en escena despliega un estupendo cóctel sonoro con esas maquinitas que están a los pies de su proeza. Y cuando habla entre cada interpretación,  trata sus canciones como si fueran pequeñas mocosas rescatadas de un reformatorio o de las simples avenidas de la sangre, porque lo de suyo es una relación fraternal, la del músico que en escena revela un profundo cariño por ellas. Y lo mío es escucharlas por primera vez y creer que este es un disco de valientes que enfrentan con hidalguía los efectos de la nostalgia. En “Venditas” hay una declaración de principios: “gastó su tiempo en canciones, lo que nunca es un gasto”, y en “Sábado solo” nos sigue pegando abajo: “los 18 que nunca regresan se vuelven 28”.

Las hace de Hombre Orquesta, Javier Barría, porque de memoria sabe donde colocar exactamente cada sonido. Cual reloj de cuerda, no hay cabida para la imprecisión ni minutos bajos, impone su voz sin imponerla y escala con propiedad cuando se trata de momentos a la luz de la vela. No por nada junto a él hay un velador y una lamparita, porque son más que nada, canciones nacidas en el dormitorio, el lugar donde sólo entra la luz de la noche y la fugaz compañía que celebrará cualquier pequeño secreto. “La misma madera” es un hermoso tema de amor, de los más honestos del último cuarto de siglo, y como “Foto movida” contiene uno de los versos más potentes: “No se ha creado la bala capaz de matarnos”“Cortinas naranjas”, el primer single del disco (que va acompañado de un video), es quizás uno de los temas más distintos del Introducción a la Geometría. Tiene más ese espíritu de antiguos discos de Barría, esos que sólo conocen aquellos seguidores que supieron olfatear mucho antes en los caminos del Myspace que aquí había algo realmente bueno y que en la presentación piden esos secretos éxitos, que guardan como un hallazgo.

En el bar
El viento está feroz esta noche de martes, a las 9 está programada la junta con Javier Barría. Lo cito en mi bar porque me di cuenta que otra vez no voy a poder llegar con fotógrafo ni menos con grabadora, esa cuestión que inventaron hace más de 70 años y yo todavía no tengo. Obligado a llevar papel y lápiz no más, a riesgo de saber que los fieles y agudos lectores de esta página no dejan pasar una, pero igual, ahí voy. Javier Barría llega medio entumido de frío y nos sentamos en una mesa esquinada con dos cervezas. El dueño de tamaño disco estudió licenciatura en música y tiene 29 años. A pesar de tener 6 trabajos anteriores, es éste su primero grabado en estudio, y al que más tiempo le ha dedicado: un año tardó en ver la luz, cosa a la que el músico no estaba acostumbrado, pues anteriormente había subido varios discos al año en Internet: “El sello Infanta Terrible me ubicó y me propuso hacer este proyecto. Fue un proceso muy libre, porque nunca se metieron, sólo me dejaron hacer lo que quería, sin presionarme, y llegué a este disco que cumplió todas mis expectativas”.

El nombre del disco es un simple capricho fonético, me cuenta. “Siempre trabajo con títulos tentativos, a veces ellos me guían antes de que aparezca la letra. No hay mayor ciencia ni interpretación, eso sí, un amigo en argentino me dijo que sonaba muy Cortázar y eso me gustó”. El amor es un hilo conductor que navega por cada una de sus letras. El tema que le da el nombre al disco es el reflejo de esa armoniosa complicidad, un trabajo consciente según Barría, en el cual no se involucra ni se distrae con otros asuntos: “Hay muy poco de política en mis letras, casi nada, mis canciones son más bien de habitación. Trabajo con lo que pasa adentro, aunque me sé simpatizante de izquierda, pero no me interesa mezclar eso con mi música, no soy de los que se creen Víctor Jara por moda”.

Barría tuvo su banda en el colegio (Los Diucas), grabó discos enteros en su casa y admiró  la música de Spinetta y las letras descarnadas de Charly García. Se topó en medio del caos con The Smiths, estructuró la vida de sus canciones con The Beatles y sintió iluminado el resto de sus días cuando descubrió a Jeff Buckley y Grace, ese disco que se llevaría a la tumba. Con mucha razón no confía en la mafia de las radios y está orgulloso de haber materializado su música en un disco, uno de carne y hueso, en una cajita, que se puede guardar en el armario o romper contra la muralla, dependiendo de lo que signifique para cada cual: “Este disco me abre un montón de puertas. No sé cuanto le quede a este formato, pero tenerlo y llegar con él es una gran carta de presentación, para tocar en otras partes y salir de Chile”.

Javier Barría es un tipo que ama la música, está dispuesto a tomarla de la cintura y llevársela con él, la quiere guardar para siempre en el agujero de su guitarra. Termina nuestra conversación. En el bar siempre hay un par de amigos que me recuerdan que el tiempo pasa, los años con su estafa, las calles y sus incendios, las personas y su rara alegría, todos quizás somos compositores del emblema que enarbola nuestra rendición, y como a la música, es bello verla nacer y morir. Le hago una última pregunta:

¿Por qué haces música?
“Siempre tuve la necesidad de crear, desde niño. Cuando descubrí la música encontré el vehiculo perfecto para canalizarlo todo. Hasta ahora he tenido suerte, puedo dedicarme a ella, no sé si será así el resto de mi vida, pero de algo estoy seguro: hacer música me hace feliz”. Me despido y pienso que ningún plan es tan redondo como un disco.

Un Comentario

  1. Felipe dice:

    Siempre con ese dejo de nostalgia escribe Felipe Oviedo, redención encarnizada tal ves, pero siempre que lo leo me transporta y me involucra………….nosé si me invita a escuchar la música del aludido o simplemente a imaginarla, pero algo inquietante queda en la atmósfera.

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