
Estamos frente a una obra que cuestiona el estatuto de lo femenino en la sociedad. Una obra que enmarca el legado de Armando Moock y que es reactualizado por compañía Geografía Teatral. Federico Zurita al habla.

Teatro: “Natacha”
Por: Federico Zurita. / Fotos: Gabriela Lobos.
Luego de su estreno en 2008, la compañía Geografía Teatral vuelve a llevar a escena la obra con que iniciaron la revisión y adaptación del trabajo del dramaturgo chileno Armando Moock; nos referimos a Natacha, obra escrita por este autor nacional en 1925. Entre ambas temporadas de esta obra, correspondió el turno a la representación de Isabel Sandoval Modas, escrita por este mismo autor en 1915. En este mismo espacio, durante el otoño de este año, habíamos intentado proponer (a partir del estreno de Isabel Sandoval Modas, dirigida, al igual que Natacha, por Tomás Espinoza Bertrán) que lo sistemático de la búsqueda de Geografía Teatral pudiera propiciar que hablar de la existencia de un clásico de la dramaturgia chilena (a propósito de Armando Moock) constituyera una idea profunda y significativa.
La existencia de clásicos (y nos citamos a nosotros mismos al hablar de ese otro estreno de Moock a cargo de esta compañía) nos hablaría de una escena literaria y teatral robustecida que cuenta con un listado de títulos (las obras de Moock, por ejemplo), autores (el ya mencionado, entre otros), directores (como Espinoza Bertrán) y compañías (como Geografía Teatral) que son capaces de apuntalar de formas distintas (o medianamente similares) a espectadores de diferentes épocas. La acción dramática de Natacha apunta su foco a dos hermanas pertenecientes a una familia acomodada. Ambas se reconocen feas, aunque Georgina, la mayor, la que ya se ha casado y aceptado las convenciones de su clase social, se tarda más en asumirlo y lucha por las migajas del amor sistémico que pueda conseguir. Natacha, en cambio, reniega de las escuetas posibilidades de amor que ese sistema le ofrece y decide no casarse con el novio que le han conseguido. “Sólo quiero que normalices tu situación […], lo natural es que te cases, Natacha, y si Dios te lo permite, que tengas hijos. Estando sola no sabes lo difícil que puede ser la vida”, le advierte Georgina a su hermana menor, luego de que ésta opta por la soltería. Natacha, en seguida, le confiesa “No me caso porque soy fea”. De esta forma, las hermanas configuran un contraste de símbolos en que, la resignación de Georgina (aun haciéndose la valiente, y dejando partir a su esposo, que parece no amarla y sólo sentir cariño por ella) potencia los colores de la rebelión de Natacha. Incluso ambas, en relación con ese contraste, tejen prendas de lana que, en su condición de entramados, simbolizarían ser redes que atrapan a los hombres. Georgina teje impecables chalecos a Diego, su esposo. Natacha teje un mamarracho de bufanda para el hombre que de verdad ama (Gabriel, un escritor trasnochado no tanto por lo rebelde como por lo cursi), quizás porque se niega, así, a tener que atraparlo con una red, aunque realmente quisiera retenerlo.
Más allá de la crítica al monótono deber ser de una clase alta exigente en acuerdos carentes de un sentido que pueda parecerle válido a todos (propiciando que la obra tenga la facultad de desnaturaliza lo que esa clase social ha querido presentar como natural y “normal”), Natacha propone una profunda reflexión sobre el papel de la mujer en la sociedad. Las tres mujeres en escena son feas (las dos hermanas, por ejemplo) o pobres (la sirvienta). De esta forma, la obra no intentaría reflexionar sólo sobre el lugar que ocupan las mujeres feas o pobres, sino todas las mujeres, asumiendo, así, que para quienes ostentan el poder (a saber, el género masculino) todas las mujeres son feas o pobres, y deben recibir el trato de subordinación que aquel estado les confiere. El contraste entre ambas hermanas, entonces, cobraría importancia a partir de esto, pues frente a esa fealdad otorgada inicialmente a la mujer por el artificio de la (ir)racionalidad masculina, Natacha se rebelaría y, de esta forma, propondría la desarticulación del carácter esencialista de esa fealdad simbólica.
No es casual, entonces, que Natacha, junto a Gabriel, lleve a cabo una reflexión acerca de la belleza en el arte. “[Cuando toco el piano] me transformo porque dejo de sentirme fea y en mi alma tal vez se refleja lo bello […] no me asusta la palabra fea […] como tú, busco la belleza, la que yo quiero sentir”, dice Natacha, discutiendo. Aquellas afirmaciones representarían la posibilidad del abandono de la condición de fealdad que el género masculino le ha otorgado al femenino, esto a través de la libertad del hacer (del decidir qué hacer, cómo actuar). Entonces Natacha toca a Chopin, entonces Natacha actúa.
Natacha, adaptación de la obra de Armando Moock.
Dirección: Tomás Espinoza Bertrán.
Compañía: Geografía Teatral.
Duración: 1 hora 25 minutos.
Elenco: Andrea García-Huidobro, Bárbara Vera, Rafael Contreras, Horacio Pérez, Sofía Géldrez.
Fecha: Del 9 de julio al 15 de agosto.
Lugar: Teatro del Puente. Parque Forestal S/N entre Pío Nono y Purísima.
Horario: Jueves 20:30 hrs. Viernes y sábado 22:00 hrs.
Precio: Entrada general $ 4.000; estudiantes $ 2.000.
Les agradezco profundamente y a nombre de toda la compañía, el interesantísimo análisis sobre la obra y la realización de registro a través de las fotografías, ambas cosas son muy enriquecedoras para nosotros como colectivo y para el publico teatral.
Muchas gracias
Geografía Teatral
Se ve muy interesante