Aperrados: Tricky en el Caupolicán.

A Rodrigo Arenas le costó reponerse del concierto de Tricky, él fue uno de los asistentes que bailó con el británico y su banda.

Aperrados: Tricky en el Caupolicán

Por: Rodrigo Arenas.

Faltan 15 minutos para las diez de la noche, y sobre el escenario de un Teatro Caupolicán repleto, Marcela Tais (vocalista de Saiko) y su banda de trip hop Leche intentan amenizar la espera de la estrella de la noche. El público se comporta ordenadamente, y aprovecha de conversar y comprar bebidas. Luego de la despedida sin mayor eco de la rubia cantante, el escenario queda a oscuras, en silencio, mientras algunos rezagados se acomodan en la periferia de la cancha. Llegan las 22 horas, y con puntualidad inglesa, Tricky y su banda salen detrás de una negra cortina. Recalco: banda, porque a diferencia de los que muchos esperaban, el bristoniano no abusará de las bases electrónicas y opta por apoyarse en un esquema de bajo-batería-teclados-vocalista de apoyo. Este es un primer indicio del carácter neo-punk que teñirá la presentación que los fans chilenos han esperado por casi quince años.

Al iniciar el segundo tema, Puppy Toy, y luego de los energéticos aplausos de bienvenida, el bristoniano se muestra nervioso. Encuentra alivio quedando a torso desnudo y en el primero de una seguidilla interminable de cigarrillos humeantes y húmedos, cigarrillos que no afectan para nada su voz perturbadora, grave, sufriente y segura al mismo tiempo.

Tricky comanda su banda como cierto banquetero chileno lo hace con sus garzones. A cada momento sus gestos y miradas se transforman en instrucciones seguidas al pie de la letra, sin chistar, sin casi recibir respuesta verbal alguna de parte de los músicos. A ratos llega a ser tirano, golpeando con el pedestal del micrófono las piernas de su vocalista de apoyo, una chica de voz increíble, quién no manifiesta ni el más ínfimo gesto de desagrado. Al finalizar el show, Tricky romperá el atril de su tecladista, ante la desesperación de un ya desesperado asistente de audio que habrá bajado diez kilos este 22 de agosto.

Pero retrocedamos al cuarto tema, Lovecats, un algo inesperado cover de The Cure cantado a dos voces. Minutos después, y sin el menor atisbo de duda, Tricky baja del escenario, y se interna en el público como un nadador va contra la corriente. Algunos guardias intentan protegerle de la multitud, fans que intentan tocarlo como y dónde sea posible. Algunas chicas se aprovechan de la desnudez parcial del cantante para apreciar táctilmente el buen estado físico de Tricky a sus 41 años. Mientras yo, en el rincón derecho al extremo del escenario, decido tímidamente acercarme a él. “Vamos a vacilar con el loco” me grita al oído un tipo que me agarra de la espalda, dejándome frente a frente con el cantante, que me saluda con una fría, prolongada (para el momento) y algo vacía mirada. En ese instante los guardias hacen un esfuerzo mayor, y logran que Tricky regrese al escenario ante la sorpresa de muchos, que, sólo atinaron a quedarse en su asiento.

Todo parece regresar a un estado predecible y efectivo, ese que le gusta tanto a los productores, y por qué no decirlo, a cierto tipo de público poco amante de las sorpresas. Temas que se suceden: Veronica, Pumpkin, Council Estate. Llega el momento de un gran clásico que será uno de los temas más vitoreados de la noche, Black Steel, uno de los pocos que se apoya fuertemente en bases pregrabadas. El público fuma, escucha atentamente, se mueve con más entusiasmo que al principio en medio de una iluminación roja y azul muy ad hoc al clima del espectáculo. Hasta que llega otro momento de quiebre.

Tricky, mirando emocionado al público, se pasea con el micrófono y empieza a hacer un gesto de llamado con la mano que tiene libre. Llama a alguien y no sabemos a que o quién se refiere, yo y muchos otros no entendemos la situación. Pero de repente, y en unos pocos segundos, cierta parte del público (habremos sido unas cincuenta personas), empezamos a llenar el escenario sin ninguna interferencia de parte de los guardias o de la producción. Y digo habremos, porque en esta ocasión no decido esperar y me subo al escenario y nuevamente quedo frente al bristoniano, quién posa relajado para los flashes mientras está rodeado mayoritariamente de fans femeninas. Estábamos siendo parte del show, un grupo de personas que logran crear en pocos segundos un micro ambiente comunitario y fraternal, casi infantil. Entre todos nos golpeamos en torno a un pogo improvisado, pero hay algunos que ayudan a que otros no se caigan o se acerquen más a Tricky. Luego de varios minutos, un muchacho con dreadlocks se para frente al cantante y nos pide bajar. Todos, a excepción de un par de chicas, bajamos ordenadamente, tratando de ni siquiera rozar los equipos e instrumentos, retornando con calma y felices a nuestros lugares.

De ahí  en adelante, el show prosigue tal como muchos otros. Buenos temas, bien interpretados, con el predecible bis de dos canciones más una improvisación vocal final en la que Tricky se desgarra en el escenario y grita, grita mirando hacia el cielo y sentimos que algo le duele o le causa pena. La banda sigue tocando y el bristoniano vuelve a ponerse la polera con la bandera de Gran Bretaña y una chaqueta de cuero, y con sus músicos se retira, nuevamente puntual, a las doce. Ya todo ha terminado, y aunque la fiesta que le sigue al concierto es un éxito, a muchos de nosotros nos basta con lo que vimos durante dos horas. El público es feliz, y aunque unos pocos opinan que el show fue un gran despliegue de tenso egocentrismo, no escucho a nadie salir disconforme. Sin duda, e independientemente del grado de participación del asistente, fue un gran concierto, con una gran banda, buen sonido a pesar de un par de acoples, y un Tricky inspirado y efectivo.

¡Ah! Se me olvidaba, Tricky vino a promocionar su último trabajo, Knowle West Boy, editado el año pasado.

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