
A partir del texto dramática de la Marguerite Duras, llega a nuestra cartelera la obra “Agatha” puesta en obra por la Compañía La piedra de la locura. Escribe Federico Zurita.

Teatro: “Agatha”
Por: Federico Zurita. / Fotos: Gabriela Lobos.
En la más pequeña de las salas del Teatro Sidarte se está presentando el montaje Agatha, realizado por la Compañía La piedra de la locura a partir del texto dramático del mismo nombre escrito por Margarite Duras en 1981. En la acción dramática, un muchacho de veintipocos años y su hermana Agatha, cuatro años menor que él, se han vuelto a reunir, después de una larga temporada separados, sólo para despedirse para siempre. El amor incestuoso frente al que han cedido en el pasado, los obliga a esta separación definitiva. El lugar de la despedida es Villa Agatha, balneario donde los hermanos pasaron gran parte de las vacaciones de la infancia y donde perdieron la batalla por refrenar aquellos deseos que, con una pretensión universalista, han sido considerados como imposibles.
Una vez ahí, ambos son movidos por una fuerza centrípeta que intenta llevarlos a la convergencia. No es secundario, entonces, a nivel de construcción de símbolos, que el montaje se esté presentando en una sala tan pequeña. Sin embargo, (y en esto ha encontrado abrigo la ironía) la convergencia entre estos dos hermanos, que incluso se hunden en las arenas blancas de un balneario oscuro, jamás se concreta; y más bien es el movimiento centrífugo el que se busca. “Así que su cuerpo va a trasladarse lejos de mí, lejos de las fronteras de mi cuerpo… y yo voy a morir. Ya no será nada, ya no estará ni vivo ni muerto”, dice el muchacho. Agatha está decidida y advierte, “yo quería anunciar esta partida, como lo hago en este momento, frente a usted, frente a sus ojos. Cómo deseo sus ojos”. Su hermano, por su parte, intenta imponer una nueva decisión sobre la fuga, y dice: “Pero qué será de ellos, qué me quedará por ver si usted no está aquí”.
La posibilidad de la muerte se presenta, para los hermanos, engañosa por sus contradicciones. En un extremo de la ironía de la muerte, ésta sería el peor agente contra la realización de aquel amor. Agatha lo describe así: “Veo que tiene quince años, que tiene dieciocho años, que vuelve de nadar, que sale del agitado mar, que se tumba cerca de mí, que chorrea agua de mar, que su corazón late de prisa de nadar tan rápido, que cierra usted los ojos, que el sol es fuerte. Lo miro, lo miro después del miedo atroz de perderlo. Tengo doce años, tengo quince años y en ese momento la felicidad sería mantenerlo con vida. Le hablo, le pregunto, le suplico, ya que el mar es tan fuerte, que no vuelva a nadar, y entonces usted abre los ojos, me mira sonriente y los vuelve a cerrar. Entonces yo le grito que tiene que prometérmelo y usted no contesta. Entonces me callo, lo miro solamente, miro sus ojos debajo de sus párpados y todavía no sé nombrar ese deseo que tengo de tocarlos con mis manos. Rechazo la imagen de su cuerpo perdido flotando en el fondo del mar, en las tinieblas del mar”. En el otro extremo de la ironía de la muerte, ésta sería el resultado (la condena) de la realización de aquel amor. El hermano de Agatha lo describe así: “Hace un tiempo realmente hermoso a pesar del invierno que se acerca y de nuestro amor que se encamina hacia un viaje tan doloroso que será como morir”.

Este amor imposible representado en Agatha no necesariamente ofrecería una lectura literal. No es una discusión sobre el incesto o el amor (queremos aventurarnos) la que aquí se estaría presentando (no es tampoco la usual lectura biografista que abusa del dato conocido de Margarite Duras enamorada de su hermano muerto prematuramente); sino una discusión acerca de las materias planteadas como imposibles por sociedades donde los procesos de simbolización los realizan quienes ostentan el poder hegemónico (a saber, todas las sociedades actúan así). De esta forma, Agatha se articularía desde la contrahegemonía, recurriendo a un ejemplo de ideas que se presentan con la pretensión de ser consideradas como universales, y que en ese error construyen la ironía de la muerte (que es también un símbolo del absurdo que constituiría la violencia de imponer ideas presentadas como universales). “Me llamé a mí misma por primera vez, y por ese nombre. A esa que yo veía en el espejo la llamé como usted lo hacía, como usted lo hace. Usted dice, Agatha, Agatha. Lo amo como no es posible amar”, dice Agatha, insinuando, por un lado, la prohibición en ese “no es posible”; y por otro, destruyendo ese imposible al afirmar que ama. Ella y su hermano, entonces, se presentan como esos otros, diferentes, pero obligados a ser como todos; y a sentir que mueren tanto si optan por uniformarse o por quedarse desnudos.
Agatha de Marguerite Duras.
Compañía: La piedra de la locura.
Dirección: Daniel Madrid.
Elenco: Bessie Porta y Jaime Lorca.
Fecha: del 3 al 20 de diciembre.
Lugar: Sala Sidarte, Ernesto Pinto Lagarrigue 131.
Horario: Jueves a sábado 21:30 hrs. Domingo 20:00 hrs.
Precio: $ 4.000 entrada general. $ 2.000 estudiantes y tercera edad.