Aunque la navidad y todas las fiestas de fin de año terminaron, algunos aún no desarman el árbol, otros no guardan las guirnaldas, algunos todavía no cambian sus regalos no-deseados y otros como Ana Llurba y Celina Bordino reviven los momentos especiales de esta fecha.

Ganga Hunter: Los milagros de fin de año.
Por: Ana Llurba / Fotos: Celina Bordino
La campaña navideña definitivamente me encontró desprevenida. Esta devino un tour de force poco recomendable para la integridad física y moral de toda alma sensible que no esté advertida de la salvaje promoción del derroche a que son sometidas las multitudes en esta época del año. Sin embargo, mi natural propensión adictiva a la secreción de adrenalina, sumada al deseo irrefrenable de participar en cualquier intercambio agonístico, hace que voluntariamente siempre termine enfrentando al peligro.
A pesar de ello, y gracias a Dios, (y sobre todo, debo decir, de nuevo, ¡Gracias a Dios!), existen en la capital catalana diferentes lugares menos concurridos donde podemos improvisar intercambios mercantiles más humanos. Pequeños oasis, ajenos a las caníbalisticas leyes del mainstream. Sitios donde el trapicheo, el trueque y el regateo son la moneda corriente. Micromundos amables a través de los cuales podemos acceder a exclusivas prendas, calzado y/o accesorios al módico precio de una cifra. Uno de esos lugares es el Flea Market, (X mas Special). Encontrar un sitio como este, fue el primer milagro de mi navidad.
El Flea Market es una feria de ropa de segunda mano que se viene concretando una vez al mes, desde hace más de un año en Barcelona. Los organizadores forman parte de una red (www.unitedjumble.blogspot.com) que se extiende por Londres, Berlín, Nueva York. Durante el último año tuvo lugar en el lounge club Mau Mau (Poble Sec) pero, a partir de su última realización (20/12) el Flea Market (Xmas Special) se montó y se montará en Art Factory ( Ali Bei 114, metro Marina). El lugar exacto donde ocurrió el primer milagro navideño.

Aunque no hubo ninguna persecusión religiosa, ni ningún nacimiento clandestino, si brilló una estrella para salvar a los feriantes de la cruda tarde invernal del penúltimo domingo de diciembre. Y tal milagro lo produjo una concurrida asistencia de esas alegres foreigners que pueblan el barrio Gótico de Barcelona. Una horda de animadas ninfas nórdicas que enfrentan la inclemencia del invierno catalán con tacos y minifalda. Cordiales a más no poder, tartamudean en español un saludo cálido e intentan improvisar una conversación.
Son alegres, se ven adorables, pero igual las odiamos. Y las odiamos con ganas. Las odiamos por ser tan altas, flacas y, sobre todo, porque cualquier trapo que se pongan encima les queda bien
Pero en invierno las odiamos más. Porque nosotras nos escondemos trás la trinchera de ese burka improvisado por la bufanda extra-large que usamos alrededor de la cabeza, como si en vez de atender un puesto de mercadillo, trabajáramos de extra en un documental sobre refugiadas albano-kosovares.
A pesar de eso, estas depredadoras de tendencias nos hacen sentir culpables, refrescando ese sentimiento tan cristiano y afín a esta época del año.
Las odiamos porque mientras nosotras nos abrigamos con un enorme abrigo negro que nos llega más abajo de las rodillas, ellas usan delgadas minis que si fueran más cortas parecerían bikinis.
Pero el espíritu navideño nos hace reflexionar. Y tanto odio nos hace sentir culpables. Son demasiado simpáticas. Y no titubean en saquear esas estrafalarias camisas de encaje que cuelgan del perchero o en pagar veinte euros por un mameluco desteñido, celosamente adquirido en los containers del barrio de Gracia. Esa reflexión provocó el segundo milagro navideño.
El ciclo del pecado, la culpa y el perdón se suceden inexorablemente en el mundo occidental y cristiano. Las perdono por ser adorables, porque toda la ropa les queda bien y por ser más simpáticas que la mayoría de nosotras. Las perdono. La paz sea con ellas (hasta el próximo invierno). Amén.